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La historia de Matías Uribe, de 22 años, se convirtió en un relato doloroso tras los incendios en Penco. Ayudó durante la emergencia y murió por hantavirus, aparentemente sin recibir atención oportuna. Su familia lo llevó al hospital con síntomas graves, pero no logró sobrevivir. Antes, Matías había estado en la primera línea de los incendios, pero el sistema de salud no detectó a tiempo el hantavirus. La familia busca respuestas sobre la atención médica recibida.

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La historia de Matías Uribe se convirtió en uno de los relatos más dolorosos tras los incendios que afectaron a Penco.

Tenía 22 años, ayudó activamente durante la emergencia y días después murió por hantavirus, luego de un cuadro que, según su familia, no recibió la atención oportuna.

La mañana del sábado 7 de febrero, su padre, Javier Uribe, lo subió al auto rumbo al Hospital de Penco-Lirquén. El trayecto no superó los cinco minutos, pero para ellos fue eterno. Matías no caminaba, apenas respiraba y su piel comenzaba a tornarse morada.

“Aguanta Matías”, le dijo su papá mientras intentaba mantenerlo consciente. “No puedo. No puedo. Me duele”, respondió el joven con dificultad.

Al llegar, Javier entró sin esperar indicaciones. Tomó una silla de ruedas, lo subió y pidió ayuda urgente. Era la tercera vez que acudían a un centro asistencial esa semana. Minutos después, el equipo médico lo intubó tras sufrir un paro cardiorrespiratorio. Su madre, Rita, lo vio a través del vidrio sin entender qué ocurría.

La doctora fue directa: Matías enfrentaba riesgo vital por una neumonía severa con sospecha de hantavirus. Prepararon su traslado al Hospital Higueras, pero no alcanzó a salir. Sufrió nuevos paros y el equipo realizó tres reanimaciones.

En la última, la médica le advirtió a Rita: “El Mati no quiere responder. Ya no está respondiendo. Nosotros no lo queremos dejar rendir. Vamos a seguir. Esta será la última”.

Matías Uribe no logró sobrevivir

Días antes, Matías había estado en primera línea ayudando durante los incendios. Corrió entre llamas para salvar mascotas, subió a techos, abrió cortafuegos y colaboró con su club deportivo y amigos. “Él quería ir a ayudar. Quería ir a ayudar con los amigos”, relató su madre.

El 1 de febrero consultó por fiebre, tos y congestión. Lo diagnosticaron con bronquitis aguda y enviaron a casa con medicamentos. Tres días después regresó por dolor abdominal, vómitos y taquicardia. Le diagnosticaron gastroenteritis y colitis. Nunca le realizaron exámenes de imagen.

Cuando finalmente lo atendieron en el hospital, los exámenes revelaron que sus pulmones, corazón y riñones estaban colapsados. Un test rápido confirmó el diagnóstico: hantavirus.

Rita cuestiona la atención recibida: “Entonces yo digo, pero si ese era el diagnóstico ¿por qué no le hicieron un examen antes?”. Y agrega con dolor: “La negligencia estuvo en el SAR… Yo creo que el Mati hubiese tenido una esperanza de vida”.

La Seremi de Salud inició una investigación epidemiológica-ambiental y señaló que no existe evidencia de relación causal entre incendios forestales y casos de hantavirus. Sin embargo, la familia insiste en que el foco debe estar en la atención médica.

“Está bien. Se contagió, fue el virus, pero ¿quién me da a mí el consuelo de perder a mi hijo? ¿Por qué no hicieron algo cuando tuvieron tiempo de hacerlo? ¿Por qué ese médico que lo atendió no hizo nada?”, cuestiona su madre.

Hoy, la historia de Matías, el joven al que apodaban “un millón de amigos”, deja una herida abierta en Penco y una familia que busca respuestas.