Durante mucho tiempo ha existido la creencia de que, antes de la Revolución Industrial, las personas eran más felices a pesar de tener menos bienes materiales.

Esta percepción se basa en que, en aquel entonces, la felicidad dependía de tres aspectos esenciales: la relación de cada individuo consigo mismo, la conexión con su trabajo y su vínculo con el medio ambiente.

Estos elementos eran suficientes para brindar una sensación de plenitud y bienestar.

Sin embargo, con el inicio de la Revolución Industrial, a principios del siglo XIX, se produjo un cambio drástico en la forma en que se entendía y medía la felicidad humana.