“Dejar que la guagua llore”: por qué nunca deberías hacerle caso a este consejo
Más de alguna vez, sobre todo los padres primerizos, han escuchado experiencias de sus pares en cuanto al cuidado y crianza de los hijos.
Y aunque no queramos aplicarlas, el escucharlas o leerlas en Internet parece ser inevitable, pues todos creen tener la clave de la paternidad sean o no expertos en la materia.
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En este contexto, probablemente has escuchado que a veces es bueno dejar que los bebés lloren y no atenderlos de inmediato porque, seguramente, es una ‘pataleta’ que deben aprender a controlar por su cuenta, sin embargo, esa afirmación no puede estar más equivocada.
La doctora y académica del departamento de Psicología de la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos) Darcia F. Narvaez, “dejar que los bebés se angustien es una práctica que puede dañar a los niños y sus capacidades relacionales a largo plazo”, expresó en el portal especializado Psychology Today.
De acuerdo a la especialista, lo de dejar a los bebés llorando viene de una visión conductista de la psicología y que ya está desacreditada por varios estudios. Esta visión ve al bebé como un intruso en la vida de los padres, por lo que debe ser controlado por distintos medios para que así los adultos puedan vivir en paz.
Por lo mismo, se creía que desde muy temprana edad se le debía enseñar al niño a “ser independiente”, el tema es que forzar esa independencia cuando el hijo o hija es aún una guagua, podría desencadenar justamente lo contrario, es decir, conducir a una mayor dependencia.
Esta misma corriente alienta a los padres a condicionar al bebé para que aprenda que las necesidades no se cumplen a pedido, independiente de cuales sean, y supone que los adultos estén ‘a cargo’ de la relación. No obstante, para Narvaez “esto podría fomentar que un niño no pida tanta ayuda y atención, pero es más probable que fomente a un niño que se queja constantemente, que es infeliz, agresivo y/o exigente, uno que ha aprendido que debe gritar para satisfacer sus necesidades“.
En la otra vereda, aquellos cuidadores que responden efectivamente a las necesidades del bebé antes de que este se angustie y llore, “tienen más probabilidades de tener hijos independientes que lo contrario”. Asimismo, indicó que “el cuidado calmante es mejor desde el principio. Una vez que se establecen los patrones de angustia, es mucho más difícil cambiarlos“.

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“En estudios de ratas con madres de mucho o poco cuidado, existe un período crítico para activar los genes que controlan la ansiedad por el resto de la vida. Si en los primeros 10 días de vida, se tiene una madre rata con poco cuidado, el gen nunca se enciende y la rata experimenta ansiedad ante nuevas situaciones por el resto de su vida, a menos que se administren medicamentos para aliviar la ansiedad. Estos investigadores dicen que hay cientos de genes afectados por la crianza”, detalló.
Para la académica, la relación entre madre y niño debe entenderse como “una dupla mutuamente receptiva, una unidad simbiótica que se vuelve más saludable y feliz en la capacidad de respuesta mutua”. Lo anterior también se expande a otros cuidadores.
Otro aspecto que destaca la experta y que merecer ser derribado, es la noción popular de dejar que los bebés “lloren” cuando se los deja solos, aislados en cunas o en otros dispositivos, lo que también está mal, sobre todo para el desarrollo del cerebro del niño o niña.
“Los bebés crecen al ser abrazados. Sus cuerpos se desregulan cuando están separados físicamente de los cuidadores. Los bebés expresan una necesidad a través del gesto y, finalmente, si es necesario, a través del llanto“, explicó.
Para ello, entregó un ejemplo bastante decidor: “Así como los adultos buscan líquido cuando tienen sed, los niños buscan lo que necesitan en el momento. Así como los adultos se calman una vez que se satisface la necesidad, también lo hacen los bebés”.
¿Por qué entonces no se debería dejar llorando a un bebé?
Narvaez expresó que cuando un bebé está muy angustiado, se crean las condiciones necesarias para un daño en la sinapsis, la construcción de la red que está en curso en el cerebro infantil. Y como se libera en exceso la hormona cortisol, muchas neuronas morirán. “¿Quién sabe qué neuronas no están siendo conectadas o siendo eliminadas en momentos de estrés extremo? ¿Qué déficits podrían aparecer años después de una experiencia regular tan angustiante?”, se preguntó la experta.
Esta reactividad desordenada al estrés, también puede influir en el cuerpo a través de otros sistemas como el nervio vago, por ejemplo, que afecta el funcionamiento en múltiples sistemas como el digestivo. Esta angustia prolongada podría implicar a largo plazo el mal funcionamiento del nervio vago, lo que está relacionado con trastornos como el síndrome del intestino irritable.

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Otros aspectos que podrían verse afectados son:
* La autorregulación: “El bebé depende de los cuidadores para aprender a autorregularse. El cuidado sensible, que satisface las necesidades del bebé antes de que se angustie, ajusta el cuerpo y el cerebro para obtener calma. Cuando un bebé se asusta y un padre le sostiene y le consuela, el bebé construye expectativas para calmarse, que se integran en la capacidad de autoconsuelo. Los bebés no se autoconfortan en aislamiento. Si se les deja llorar solos, aprenden a cerrarse ante una gran angustia: dejan de crecer, dejan de sentir, dejan de confiar”.
* La confianza: Narvaez aseguró que cuando las necesidades de un bebé se satisfacen sin angustia, “el niño aprende que el mundo es un lugar confiable, que las relaciones son de apoyo y que ‘el yo’ es una entidad positiva que puede satisfacer sus necesidades“. No así cuando son ignoradas, ya que el niño desarrolla desconfianza hacia las relaciones y a sí mismo.
* La sensibilidad del cuidador: “Un cuidador que aprende a ignorar el llanto del bebé puede aprender a ignorar las señales más sutiles de las necesidades del niño”. No es bueno que un adulto comience a dudar de las intuiciones que nos guían a querer calmar la angustia de un niño, pues se rompe la reciprocidad entre el cuidador y el bebé, y el niño no es capaz de repararla por sí solo porque está indefenso.